La mañana, clara y fría anuncia probablemente una nevada pero aún así los transeúntes se dejan ir a paso ligero por estas calles, estrechas y empedradas.
Abro el pequeño frasco y dejo gotear el exceso de pintura. Paro un insante, que al cabo de unos segundos dejará de serlo, y analizo así, esta nueva vida, las nuevas vistas que se ofrecen todas las mañanas en mis nuevas ventanas; y así, yo la antipatrones encuentro pronto las guías con las que alguna vez pudo crearse esta ciudad. Aquí las bicicletas no tienen edad ni tampoco sus usuarios, las mujeres y los hombres se pierden en las alturas gracias a sus delgadas y largas piernas llevando allí perdidos generaciones y generaciones... el estilo florece en diciembre como si este se tratase de una flor en primavera; grandes bufandas convinadas con clazas de colores, boinas y maletines, capas con botines...
La clase que iguala las clases, estamentos que encuentran en el arte la solución a sus diferencias. Escaparates, galerías y museos; literatura, pintores y músicos; militantes, políticos y protestantes. Todo en la calle, del pueblo y para el pueblo. Mendigos que en el subsuelo subsisten, y que gracias al calor de las vías existen...
Liberté, Egalité, Fraternité.
Parpadeo... agarro bien el esmalte y me concentro... mi mente sin cadenas se escapa si la dejo como antes dije, un "instante". Pero bueno, los cristales fueron mis ojos, y estos vuestras ventanas. El té, aún humeante, aguarda mientras comienzo la primera mano. Todo está a oscuras menos el haz de luz que entra y al cual corto el paso.
Una terraza veo, con cafés libros y cigarros donde todos miran hombro con hombro la acera, concentrados tal vez en sus vidas sin necesidad de estar acompañados. Un caballero entra en la escena para romper la monotonía y deja una rosa en la mesa de una mujer que sostenia un libro... En realidad no lo leía, lo estaba esperando. Ella lo cierra, lo mira, la mira, la huele y la besa. Son los únicos que hablan, los únicos que sostienen entre sí una única mirada. Las demás, almas solitarias, quedaron perdidas como la mía, entre las calles estrechas y empedradas.
Suena el teléfono, me salgo, rojo queda mi dedo. El té, ya frío, se desborda. Contesto. Le oigo. Le hablo. Le extraño. Su voz y la frecuencia, son la rosa y son la mesa. Su susurro, el beso. Su dedicación, mi espera.
Corrigo el esmalte. Perfecta.

